Conozco a hombre de empresa que, ante decisiones con
implicaciones que van más allá de lo puramente económico, suele explicar, “no
quiero ser el más rico del cementerio”. Aunque pocos, hay personas así. Evidentemente
quieren ganar dinero, pero , por encima de todo, quieren “hacer cosas”.
Hace unos días conocíamos la noticia de que Amancio Ortega
ocupa ya el 3º puesto en el ranking de los hombres más ricos del mundo. Una
medalla de bronce que sabe a oro, y oro abundante. Es motivo de admiración y
envidia. Pero, la verdad, su fortuna, siendo grande como puede verse, no me
parece lo más importante de Amancio Ortega. Lo importante es “como” la ha
generado y “qué” legado deja en el mundo, fruto de su inconformismo con lo
establecido en un sector como el textil.
Su concepto de moda democratizada y la
gran flexibilidad de su oferta, reinventaron una industria que se consideraba
madura. Conclusión: no hay sectores maduros sino compañías o directivos
maduros, resistentes al cambio.

